Por Julio César Hernández Galván, 29 de noviembre, 2011.

Por Julio César Hernández Galván, 29 de noviembre, 2011.

Abran paso a diez buenos libros, y hay para todos los gustos en cuanto a géneros y temáticas; autores mexicanos, puntales en eso de darle a las letras sus mejores capítulos en este 2011 que hoy se despide.
10 María Antonieta Mendívil. A ras de vuelo (Tusquets, 2011)
Ambientada en el valle del Yaqui, en Sonora, desde las alturas, y con personajes que ambulan entre la miseria cotidiana y la ambición, María Antonieta Mendívil describe la vida de los pilotos dispuestos a alzarse sobre las tierras cuyo cultivo químico tiene sus consecuencias, y en medio una familia cuyas broncas son más terrenas que nada, pero que les queda el espectro celestial para huir sin dejar huella. Una novela que en efecto vuela página tras página, y sin necesidad de subirse a una avioneta.
9 Sandra Frid Luz entre ceniza (Mr, 2011)
Con toda la devoción por la novela histórica, Sandra Frid aborda la vida de Edith Stein, quien fue discípula y asistente del filósofo Edmund Husserl, judía alemana conversa al catolicismo y monja carmelita asesinada en el campo de concentración en Auschwitz; tales pasajes que se sustentan en una narrativa detallada y profunda, hacia un personaje tan vivo como su fe. Desde luego nos referimos también a Santa Teresa Benedicta de la Cruz, quien fue beatificada en 1987 por el papa Juan Pablo II y canonizada 11 años después
8 Walter Jay El camino de las casas cansadas (Jus, 2011)
Una historia de búsqueda interior y exterior a cargo de Walter Jay. Un peregrinaje que no sólo trae rencores vivos, sino también dudas y la necesidad de encontrar al padre perdido, pues algo le esconden a Gabito, quien de pronto los sueños lo acosan hacia terrenos pantanosos y es que la memoria no engaña. Vaya pueblo cansado de rumores y secretos, donde ni los que se quedan se salvan, pero los que se van tienen la esperanza de conocerse allende cruzar caminos, con seres hechos de palabras que buscan construir su propia historia.
7 Álvaro Enrigue Decencia (Anagrama, 2011)
Una obra que parte de la Revolución Mexicana y cómo el futuro constituye una parte vital, algo con lo que Álvaro Enrigue juega, para departir en sus vericuetos, los cuales en pluma entretenida y refinada se mece y regodea. Cúmulo de idiosincrasias provenientes de quienes se hicieron en la bola (caudillos de abolengo), a los que se metieron a la guerrilla en los años 70, o a quienes empezarían a integrarse a los males sociales que hoy forman parte de la historia del México contemporáneo.
6 Eliza Rizo Caminos y veredas: Narrativas de Guinea Ecuatorial (UNAM, 2011)
¿Qué tienen en común países como México y Guinea Ecuatorial? Además de ser herederos de una historia colonial, lo somos también del castellano, el cual se habla en esa parte ubicada en el Golfo de Biafra. Plumas inquietas y decididas a edificar su historia literaria abundan por esos caminos y veredas: Donato Ndongo, Justo Bolekia, José Fernando Siale Djangany o Recaredo Silbero Boturu, que gracias a Elisa Rizo se reúnen en este libro, para conocer a ese pariente lejano de África.
5 Pedro Ángel Palou El varón de los deseos (Planeta, 2011)
Con la hagiografía como modelo, esta obra captura el espíritu de la época virreinal y cómo una de sus figuras centrales es desterrada; el mismo Juan de Palafox que en su querida Raquel (Puebla de los Ángeles) emprendió una cruzada a favor de la cultura, la educación (cristalizada en aportes al Barroco mexicano) y la defensa de los indígenas. Figura importante Palafox, además beato. De esas fortunas y adversidades retoma Pedro Ángel Palou, para presentar una vida llena de detalles novelescos.
4 Armando Alanís Pulido Nada que ocultar (Aldus, 2011)
La poesía no se crea ni se destruye, sólo se transforma, así se puede leer este libro de Armando Alanís, que busca establecer nuevos rumbos poéticos a partir de numeradas citas referenciales, y que le valió el Premio Nacional de Poesía Experimental “Raúl Renán” 2009, en Yucatán. Se trata de Nada que ocultar que por sus variadas formas (notas al pie, metáforas ocultas, versos cortos) establece una complicidad única entre lectores, que también, en palabras del autor, pueden colaborar en las diversas fases de sus poemas.
3 Xavier Velasco Puedo explicarlo todo (Alfaguara, 2011)
Hay en Velasco la novela como base de exorcizar cuanto demonio ande suelto, por eso evoca todas sus atmósferas y diálogos posibles, incluidos los códigos de entendimiento que funcionan y complementan el nivel discursivo de los personajes, entre un entretejido de situaciones y búsquedas, sin quedarse a medias en ningún aspecto: esa mutación de Joaquín hacia los enclaves en que de pronto se ve inmerso y en la suerte como una de sus apuestas recurrentes. Una novela que depara un largo y sinuoso camino.
2 Elena Poniatowska Leonora (Seix Barral, 2011)
Leonora Carrington y su carga surrealista en su faceta de artista y su vida indomable y de espíritu rebelde sustentan la trama que retoca y pule la autora Elena Poniatowska, quien se va a los genes mismos de la pintora y desencadena un pasaje envolvente y apasionado, por el que desfilan figuras como Dalí, Miró, Bretón o Picasso, o esas anotaciones que dan algo más que una plena biografía, sino el retrato que seduce página tras página. Elena y Leonora, dos nombres esenciales de vida artística mexicana.
1 Daniel Sada A la vista (Anagrama, 2011)
Obra de Daniel Sada (1953-2011) que deja constancia de una vida plena dentro de la literatura y que en el norte redescubre una veta donde florece el eco de brillo y genialidad. El lenguaje es una parte del todo narrativo, ya sea en Sombrerete, como aquí sugiere, o en cualquier pasaje del desierto, con sitios para los pelafustanes tan honestos que al menor intento, el crimen surge a cambio de nada. Así, Daniel Sada conjugó una suerte de grandes hits de las letras mexicanas. Todos dignos de leerse.
Israel Morales
2011-12-31 • Impreso Cultura
Periódico Milenio Monterrey

El abandono y el olvido son los temas de El camino de las casas cansadas (Jus, 2011), que es una suerte de pintura de la vida rural de México, y donde Walter Jay pone en práctica discursos provenientes del teatro y el psicoanálisis, ambos ligados a su profesión como dramaturgo, psicólogo y actor. De esta su primera novela nos platica el también autor de obras como Mujeres al desnudo y Lo que deseo de ti.
¿Es una novela de búsqueda?
Yo soy psicoanalista de profesión y creo que como seres humanos todos estamos en búsqueda, aunque a veces lo manejamos como una búsqueda externa. Este libro proyecta esta necesidad como seres humanos de buscarnos y de encontrarnos a nosotros mismos. A veces uno hace un poco a ciegas esta búsqueda, aunque inconsciente, pero es la de una necesidad de estar nutriendo el alma y de estar en paz consigo mismo. Esa fue la principal propuesta para escribir este libro.
¿Qué incluso el personaje lo hace de manera interna y externa?
Es que necesitamos esos elementos para poder vivir. La búsqueda del padre es muy simbólica, pues todos necesitamos un padre, sea biológico o simbólico, para de alguna manera sentirnos protegidos, saber de dónde vienen nuestras raíces, cuál es nuestra historia.
Finalmente lo que más nos marca como seres humanos es que estamos hechos de palabras, somos seres que a partir de los simbolismos vamos construyendo nuestra propia identidad. Saber cuáles son nuestros orígenes, por eso en la novela se enlazó perfecta la búsqueda del padre con una búsqueda interna. Ya en lo profundo es la misma cosa, y enfrentar la adversidad afuera, cuando hay una psique frágil es más complicado ante las adversidades que como sociedad estamos viviendo. Entre más logres formar tu identidad, mayor fortaleza tienes.
Hablas del paternalismo, pero también hay un paternalismo literario, en este caso de Juan Rulfo.
Yo soy de la idea de que los libros también tienen una personalidad. De los textos que más me han marcado es Pedro Páramo de Juan Rulfo y Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. El nombre de Gabito, el protagonista, alude al nombre de García Márquez, y es como un homenaje a los dos. Y pues todo se amalgama dentro de los libros que lees, y que eso es parte de tus cimientos como escritor.
¿Qué es lo que hace diferente a Gabito de Juan Preciado por ejemplo?
Yo intenté amalgamar muchas cosas. Porque este pueblo como en el que vive Gabito, como ese existen muchos realmente, y es como una necesidad de reconocer que ahí están y qué es lo que nosotros como sociedad estamos haciendo por ellos, que viven en paralelo a nosotros incluso.
Me gustaría que fuera un libro en donde se reconozca que ellos también son parte de nosotros y que no los hemos absorbido como tal. Está también esta necesidad de que tú escribas tu propia historia, pero que primero la conozcas, sepas cuál es y luego tengas la capacidad de modificarla, porque creo que Gabito en esa búsqueda interna, también es una búsqueda de su propia historia. No sólo hablo de muertes biológicas, sino de las muertes simbólicas que nos marcan como seres humanos, que para mí una muerte simbólica es cuando termina un ciclo y empieza otro.
Desde luego Rulfo te da toda una cátedra sobre la muerte; pero yo hago mi percepción de ese tema. El silencio, el olvido y la memoria, que necesitamos para no repetir el pasado, pero también necesitamos del olvido para poder subsistir, en el sentido de que a veces que sucede una tragedia o te pasa algo fuerte que no lo puedes olvidar tan fácil, pero que quieres dejar atrás y seguir adelante en tu vida. Es como el mensaje que subyace detrás de mis personajes.
Mencionas la historia que se crea de manera individual, y que es importante para edificarnos como sociedad.
Por ejemplo ahora en la sociedad que estamos viviendo no hemos aprendido del pasado, de nuestra historia, y el vivir en un México de hoy, muy diferente, de alguna manera te extingue como ser humano. Y bueno, esta obra entonces alude a dos cosas: a estos pueblos que se pueden extinguir y a esta extinción individual de la que se puede ser víctima, el que no le des nombres a tus sentimientos, a tu vida; quizá es una visión psicológica, pero la verdad no lo pude evitar.
Israel Morales
Periódico Milenio Monterrey
2012-01-17 • Impreso Cultura
El camino de las casas cansadas se extiende más allá de los cerros que aíslan aquella comunidad poblada por “muertos”, ancianos que han olvidado cuál es el nombre de las cosas o cómo pronunciar el de aquellas que todavía reconocen; que no pueden, aunque por fin hayan decidido relevarlo, unir las palabras para confesar el secreto guardado por tanto tiempo y que ahora se niega a ser articulado. “Muertos” que conviven con sus propios muertos en un lugar desolado, donde las casas que habitan los primeros se encuentran a un paso de las tumbas, junto a las que en poco tiempo habrá otras nuevas y las viviendas quedarán deshabitadas para siempre. Muertos en vida, carentes de vocablos, testigos de un suceso que se empeñan en ocultar por falta de la palabra. Ese camino se abre hasta la carretera, la ciudad, el burdel, la funeraria y la iglesia, último recinto donde un hombre, el único joven y fuerte, llega para buscar respuestas. En ese pasaje no sólo las casas y los espacios están cansados, son las personas quienes cargan una infinita, inexplicable y pesada tristeza. A través de ese camino el protagonista llevará a cabo la búsqueda de su padre, en un viaje de iniciaciones donde enfrentará a la muerte en sus diversas facetas: la ausencia, los sueños, el embalsamamiento de cadáveres y la orfandad. Perdido entre sus alucinaciones, el viajero encontrará el camino de vuelta a través de la voz de la curandera, quizá la única que aún recuerda algo, el poder curativo de las hierbas y las palabras. El retiro a otra vida y la tranquilidad acaso logren mitigar un poco la tristeza del ausente, lo que no consiguió a costa de tremendas golpizas, del martirio y actos masoquistas; aunque la paz para todos se alcanzará tal vez hasta el anhelado encuentro del hijo con el padre. Viaje de conocimiento del otro, los otros y de sí mismo, de una introspección inevitable y necesaria para reconstruir la propia historia en El camino de las casas cansadas (Jus, 2011), primera novela de Walter Jay.
Sandra Cadena
Vallestar. Información brillante.
A contracorriente de la mayoría de los autores nacidos en los años setenta, de sus historias vertiginosas de inminentes distopías, cómics de narcos, periodistas y detectives en busca de resolver el asesinato de alguna teibolera, Walter Jay (DF, 1977) vuelve sobre la tradición para relatar una enigmática historia rural de muertos dialogantes, pueblos abandonados, desolación y olvido. En busca de su padre, este moderno Juan Preciado quiere recuperar su pasado, luchar contra el olvido. Su peregrinar topa con una terrible historia de abandonos inexplicados, violencias culpables y dolidas, desapariciones fantasmales. El escenario es la polvorienta miseria del campo y sus pueblos desdichados. La prosa, pausada y reflexiva, de singular originalidad. El final sorprende al proponer la necesidad no de la memoria, sino del olvido para poder subsistir.
Alejandro de la Garza
Revista M semanal
http://www.msemanal.com/node/4856
WALTER JAY. EL CAMINO DE LAS CASAS CANSADAS. EDITORIAL JUS, 135 PP. MÉXICO 2011
“No es raro tener que pisar entre los muertos para llegar a cualquier lado”, nos dice el escritor Walter Jay en su primera novela El camino de las casas cansadas. Si la tradición es un camino que otros han trazado, el autor dialoga con ella a través del mito del viaje iniciático, el ambiente rural de México, la búsqueda del padre y la reiteración de sueños que, al igual que los muertos, susurran una historia. La novela comienza con un joven, Gabito, que sueña personas sin rostro. Sabe que hay una historia oculta, un misterio personal y familiar: la vida de su padre que lo abandonó. Mediante su madre y personas de su pueblo como doña Rosario, una anciana que practica la herbolaria y la adivinación, descubre que “nuestra historia se empieza a escribir desde antes de nacer y jamás la escribe uno solo”. Entonces Gabito emprende la búsqueda de su padre. Inicia el viaje acompañado únicamente por la foto de un difunto. Atrás queda el pueblo perdido entre los montes de México, ese lugar que parece secarse más rápido que los muertos. Tal vez por eso los sueños le hablan y lo sacuden. El camino de las casas cansadas se mueve en los terrenos de lo vivo, lo muerto y lo onírico. Walter Jay narra el ambiente rural a través de una prosa cargada de nostalgia. Los diálogos, cortos, enigmáticos, sacados de ensoñaciones revelan poco a poco el camino de Gabito. Así el protagonista recorre su pueblo y una pequeña ciudad cercana, un cementerio, un prostíbulo, una funeraria donde recibe ayuda y enseñanzas de vivos y muertos. La novela alcanza su mayor grado de misterio y belleza cuando Gabito trabaja en la funeraria limpiando, vistiendo y maquillando a los difuntos. “Me negaba a maquillarlos a todos de la misma forma, porque cada uno llegaba portando sus más grandes secretos, sus peores vicios, sus mejores virtudes, sus penas y alegrías; todo eso que habían logrado juntar en sus vidas: su propia historia”. El diálogo con la muerte, la vida vista a través de los muertos, la persistencia de la vida y, sin embargo, la inminencia de la muerte. En esto radica el enigma, la búsqueda y la construcción. Gabito consigue escuchar la voz íntima de los cuerpos que descansan sobre la plancha de la funeraria. El diálogo libre de hipocresía, a diferencia de con los vivos, es revelador y luminoso. Las voces y los sueños que empiezan a adquirir rostros aclaran el viaje de Gabito. Una nueva etapa se abre. El misterio es una invitación: es inevitable pensar que todos los caminos conducen a la muerte. En El camino de las casas cansadas la muerte es otra manera de comenzar una historia.
Nazul Aramayo
Librosampleados. Suplemento de libros.
http://www.suplementodelibros.com/2012/01/caminocasascansadas-walterjay/
El camino de las casas cansadas, novela corta de Walter Jay (México D.F. 1977), puede leerse en dos claves: el elemento atmosférico que moldea el perfil de los personajes y la imagen devastada, fantasmal, de un personaje en la búsqueda de su padre. Gabito, el protagonista, empieza su búsqueda desde su madre, ahondando detalles, explorando referencias que quedan en la memoria. Esta búsqueda vincula a El camino de las casas cansadas con Pedro Páramo de Juan Rulfo, novela canónica de las letras mexicanas, que revolucionó la literatura nacional aún inmersa en las temáticas realistas de la Revolución. Rulfo, para muchos, inauguró y clausuró al mismo tiempo una estética, una atmósfera indeterminada que sedujo a la crítica y a los lectores. Hablar de Pedro Páramo y El llano en llamas es complicado por la marca que dejó en los coetáneos de Rulfo y en las siguientes generaciones de escritores. Parecería que hay una ley no escrita que impide retomar los elementos de estas obras: la provincia repleta de fantasmas y la búsqueda infructuosa del origen. Sin embargo Walter Jay toma esa influencia y mueve a sus personajes en un escenario borroso, trata de buscar su propio camino en base a pulsiones, en la construcción de un lenguaje moroso que moldea casas derruidas, calles solitarias: una memoria que se escapa por su volatilidad, su condición efímera.
El camino de las casas cansadas Gabito abandona el hogar materno y llega a un pueblo indeterminado donde se relaciona con dos personajes: doña Mary y don Cristóbal. La mujer lo retiene con la promesa de confiarle más detalles para encontrar a su padre. La tensión construye un erotismo que nunca detona y se mantiene oculto, latiendo detrás de cada diálogo. El triángulo lo completa don Cristóbal, dueño de una funeraria, que se muestra celoso ante la cercanía de doña Mary y Gabito. Los personajes hablan e imaginan pero queda la sensación de que se guardan cosas, de un doble discurso que tiene un propósito oscuro. El elemento más real y al mismo tiempo simbólico son las escenas en las que Gabito ayuda a don Cristóbal a preparar a los muertos antes de enterrarlos: la muerte, el cadáver que mira el mundo con sus ojos vacíos, son el único asidero en un pueblo lleno de dudas, donde nada parece lo que es.
Me parece que la prosa de Walter Jay busca su efectividad en la riqueza reflexiva. Los diálogos, en todo momento, son construcciones elaboradas que abordan elementos abstractos: de dónde viene la tristeza, cómo los ha derrotado la vida. En algunos tramos este recurso es excesivo y parece que los personajes están recitando un discurso previamente elaborado. Sin embargo, El camino de las casas cansadas logra conectar con el lector por la paciente elaboración de atmósferas. La receta para tener una novela exitosa en el mercado editorial depende de la correcta elección del tema, de una etiqueta y una construcción fácil que permita vender muchos ejemplares. Walter Jay prefiere apostar a factores que van a contracorriente: brevedad, experimentación, el protagonismo de artificios que pasan desapercibidos para muchos narradores.
Alejandro Badillo
El increíble devorador de libros. Revista Lado be.
http://ladobe.com.mx/2012/03/el-camino-de-las-casas-cansadas-de-walter-jay/

El camino de las casas cansadas. Walter Jay. Editorial Jus, 1era edición 2011.
El camino de las casas cansadas, primera novela publicada de Walter Jay Nava, joven editor de libros mexicano, narra la historia de un hombre incomunicado, donde la tristeza es causa de muerte. Y la palabra es el concepto clave del relato.
Un hombre que habita en un pueblo remoto, en las montañas de México, se pregunta un día cuál es su historia y cuestiona por qué se fue su padre y por qué murió su abuelo. No encuentra respuestas porque en ese lugar las personas no hablan, las palabras cayeron en desuso.
Gabito emigra a una ciudad para buscar a su padre y construir su propia historia. Y ahí se encuentra con que se habla demasiado, los individuos abusan de las palabras, pero no le significan nada.
Como no encuentra a su padre, Gabito consigue en una funeraria un empleo como lavador de cadáveres, con los que establece una forma especial de comunicación: ellos se expresan con sus formas corporales y su gesto mortal y él les habla a solas. Encuentra el mejor intercambio con una mujer a la que, después de su muerte, visita en el cementerio para seguir diciéndole lo que piensa y lo que le duele.
Un día se entera que su madre ha muerto y vuelve a su pueblo para el funeral. Al terminar el ritual, los vecinos de ese lugar remoto se quedaron alrededor de la tumba, como si tuviéramos pavor de que al fin dijeran algo
.
La profunda tristeza que se adueña del alma de Gabito lo lleva al borde de la muerte y en su lecho, sus coterráneos le confiesan su deseo de hacerle saber su vida, finalmente, pero no pueden: lo han olvidado todo.
Quisiéramos tener las palabras justas para contarte todo lo que pasó, pero las perdimos
, le dicen a Gabito.
La historia concluye en una situación poco previsible y al final el texto deja a los lectores la idea de que esta novela puede evocar algunos rasgos de la literatura mexicana de la segunda mitad del siglo XX, pero tiene un concepto propio, que guía la lectura con agilidad, con un humor soterrado y muchas ideas simbólicas sobre la naturaleza humana.
Guillermo García Espinosa
Periódico La Jornada
Domingo 23 de octubre de 2011, p. a16
http://www.jornada.unam.mx/2011/10/23/voxlibris/a16n1vox

Muerte sin fin. Angustia. “Oh inteligencia, páramo de espejos!”, emite J. Gorostiza (Villahermosa, Tabasco, 1901-1973). “Las casas/ se suceden: se levantan y caen, se derrumban, se amplían, se trasladan,/ se destruyen”, T. S. Eliot (St. Louis Missouri, 1888- Londres, 1965) deja oír la voz del tiempo, en sus Cuatro cuartetos y cuatro son las calles, cuatro son las que forman un camino de cruz y silencio de ese pueblo enclavado entre las montañas de un lugar de México, en donde Walter Jay ambienta su obra El camino de las casas cansadas. ¿Comala? No, aunque pareciera que Gabito habitara ya, de antemano, en esas regiones en las que se interna el hijo de Pedro Páramo, abiertas al misterio mexicano, callado, ahogado y melancólico como dice el poeta Paz, en donde todo aquel enojo o tristeza o dolor que se calla se va hacia adentro y va minando al ser hasta acabarlo, porque no dice, porque no habla, porque no estalla, se traga su amenaza y en ella se convierte letalmente.
Como si perteneciera a esa lejana historia, Jay se adentra en el realismo de la magia de su propia Comala en donde borda los realces de su obra en sentido opuesto, pues en el caso de Juan Rulfo los muertos hablan y van refiriendo sendas historias que van dando aportaciones a su búsqueda. Aquí, en El camino de las casas cansadas, Walter Jay toma el camino de ida y vuelta y anda, como apunta el niño yuntero, Miguel Hernández (1910 -1942), “sobre rastrojos de difuntos”, entre los seres que deambulan en el pueblo, extirpados de la posibilidad de palabras.
Después de dos obras de teatro, Mujeres al desnudo y Lo que deseo de ti, el escritor Walter Jay (México, DF, 1977) trae a la luz su primera novela: El camino de las casas cansadas. Licenciado en psicología, el también actor, tiende sobre la aridez del silencio nudo, la trama de la historia que refiere, que no es sino la del único ser de la comarca que en un instante despierta “ocurre, nada más, madura, cae/ sencillamente/ como la edad, el fruto y la catástrofe”, diría j. Gorostiza, del letargo existencial y va en pos de aquello que llenará el vacío, el hambre que siente quien abre los ojos después de un largo sueño –o de sueños recurrentes, en este caso–, para ir por el pan de su propia historia a través de treintaiséis capítulos que se tienden en la línea de un tiempo que escapa al tiempo del olvido.
Ausencia, abandono, incertidumbre, se ciernen en la angustia que va ejerciendo el camino, la búsqueda de Gabito, una nostalgia que lo muerde y que le habla de un bien que no conoció, pero que sabe, como conocimiento infuso, que le pertenece.
Vida- muerte, muerte-vida, de qué lado se está. “Y siento más tu muerte que mi vida”, continuaría M. Hernández en su “Elegía”, ahondando en los veneros psíquicos que el escritor Jay va plasmando con sutiles pinceladas en un lenguaje sencillo y en esa primera persona que hace cómplice, desde el arranque, a quien toma el libro en sus manos. Cansadas están las casas habitadas por el silencio. Las casas, los templos, las habitaciones vacías, que son los otros personajes, personas colmadas de vacío espectral que dan en la frente de Gabito, como un páramo de espejos.
Alejandra Atala
La Jornada Semanal
Domingo 9 de octubre d 2011 Num: 866
Por José Luis Cruz
Fui una de las pocas personas afortunadas en tener entre mis manos a Gabito, y posiblemente, la única que se negó a leerlo. Ignoro que fue lo que me impidió leer el prototipo de la novela que ahora tengo entre mis manos, y que he devorado vorazmente en unas cuantas horas. Quizás no era el momento indicado, ni era mi destino aparecer en la página 137 de este libro. Me convertí en uno de tantos de esos silencios que llenaron las páginas de la historia del personaje principal de esta novela, por así decirlo; y ahora tal vez sea ocasión de escuchar a este vacío aparente, de interpretar estos espejos, pero sobre todo, de escribir una reseña concisa y una opinión personal de El camino de las casas cansadas de mi estimado amigo Walter Jay Nava.
Cabe mencionar que esta será mi primera reseña pública a un libro. No soy experto ni crítico en literatura, ni mucho menos aficionado a esta clase de lectura. Lo mío, como han de saberlo, es la literatura fantástica y la novela de terror. Sin embargo, hay partes de esta novela que me recuerdan al Pedro Páramo de Juan Rulfo, y es ello lo que me enganchó durante la noche de este domingo en un género que me resulta familiar pero ajeno.
El camino de las casas cansadas se centra en la tortuosa búsqueda de la identidad propia, en el sentimiento de vacío que le genera al personaje principal, Gabito, el observar su vida de forma superficial. Sumido entre sueños de gente sin rostro, intenta revelar quien es él —primero cuestionando inquisitivamente a los vivos, y luego, a los muertos.— Sin embargo no tarda en percatarse, debido al tiempo y la distancia, que es mucho más lo que tiene escrito en su historia que lo que pretende revelar; y que esos vacíos no lo estaban tanto, ni eran tan silentes como aparentaban. Todo lo contrario: su historia estaba llena desde mucho antes de su nacimiento.
El desenlace de esta novela nos lleva al inicio de la misma, y parcialmente nos muestra las razones del olvido, del enojo, del silencio; pero, ante todo, el origen de Gabito que se encontraba perdido en la memoria de aquellos que le resultaban tan familiares como los mismos muertos.
El camino de las casas cansadas es un libro muy recomendable; la primera novela de mi estimado Walter Jay Nava, escritor psicólogo y actor, a quién conozco personalmente desde hace más de diez años.
Con esta pequeña reseña espero haber avivado su curiosidad. Los invito a adquirirla en Editorial Jus, ubicada en Donceles 66, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, y por medio de su web.